“esperando La Carroza”, La Leyenda, 25 Años Después

 Este años se cumplieron 25 del estreno de Esperando la carroza, una comedia que se convirtió en un clásico del cine argentino. La dirigi Alejandro Doria, sobre un guión del propio director con la colaboración de Jacobo Langsner, autor de obra original.

 Los personajes de este filme que vio la luz el 6 de mayo de 1985 fueron interpretados por Antonio Gasalla (Mamá Cora) y Luis Brandoni (Antonio), Julio de Grazia (Jorge), Juan Manuel Tenuta (Sergio) y Mnica Villa (Susana) como los cuatro hermanos Musicadi. Tambin aparecen Betiana Blum, China Zorrilla, Daro Grandinetti, Cecilia Rosetto, Enrique Pinti, Andrea Tenuta y Lidia Catalano.

 Según Langsner, el origen de la obra fue una noticia aparecida en un diario que decía: “Nápoles: dos hermanos se pelean por el honor de velar a su madre. La historia –decía– me pareció graciosa y al mismo tiempo tan horrible que, cultor como soy del grotesco, me atrajo de inmediato. Qué hipócritas –pensé–; seguro que nunca se ocuparon de la madre y a último momento se desesperaron por salvar las apariencias”.

 Langsner escribió la obra en dos días, en 1959, y a pesar de los reparos de algunos amigos uruguayos, la estrenó en el Teatro Circular de Montevideo. Las crticas fueron desfavorables, pero la obra permaneci siete a±os en cartelera y fue un éxito. También en Argentina y Chile.

 En 1974, Doria dirigió una versión televisiva para el ciclo Alta Comedia, con Pepe Soriano, Raúl Rossi, Dora Baret y Heda Crilla en el personaje de la anciana.

 “Cuando comenzamos a trabajar en la adaptación, muchos años después –comentó Doria–, me di cuenta de una cosa: En la obra, Mamá Cora desaparece a los cinco minutos y no vuelve hasta el final. Todo el tiempo existe la posibilidad que ella sea, efectivamente, la muerta que están velando. Esto hace que la pieza sea de un grotesco muy negro”.

 “En la película –añade–, pensando en Hitchcock y en hacer del espectador un cómplice, se me ocurrió mostrar a la anciana todo el tiempo en la casa de enfrente, lo que disipa la tensión, suma comicidad y desplaza el énfasis de lo que pueda haberle pasado a ella, a los hermanos”.

 “Sin que yo lo pensara en ese momento, también ayudó que el personaje lo interpretara Antonio Gasalla. Originalmente había pensado en Niní Marshall, con quien nos vimos dos o tres veces, libro en mano. Yo la adoraba, pero hubiese sido un desacierto. Por más genial que fuera su papel, habría sido muy doloroso ver a una mujer de noventa a±os, y más a Niní, en ese papel”.

 “Al hacerlo Gasalla –finaliza diciendo Doria–, el público entra en un juego teatral, porque por más que le peguen, se caiga o la crean muerta, no deja de ser un hombre joven disfrazado de mujer. Y funciona muy bien. De hecho, al momento del estreno, a nadie se le ocurrió preguntarme por qué había puesto un hombre, y no una mujer, en ese papel”.

 Esperando la carroza es una acabada expresión del grotesco criollo, uno de los géneros más antiguos del teatro argentino, donde se combina la comedia con el drama y la tragedia en proporciones disímiles. En el filme, la historia comienza cuando la octogenaria y senil Mamá Cora cocina unos flancitos con mayonesa en el horno.

 Ninguno de los hijos y nueras quieren hacerse cargo de la anciana, que un cierto domingo se va de la casa. Una confusión hace creer a su familia que murió y durante todo el día velan el cadáver de una mujer húngara. Cuando al anochecer regresa a la casa, se desata el delirio.

 Doria reconoció que se había inspirado en algunas comedias grotescas del cine italiano y en películas de Manuel Romero y Luis Bayón Herrera. “Un cine desbordante de humor –expresó–, pero que detrás de esa máscara escondía riquísimas observaciones sobre la conducta de los seres humanos. Por caso, el individualismo, la mezquindad, el resentimiento, la envidia y las hipocresías sociales.

 La película incluye temas musicales de Feliciano Brunelli, que fueron famosos algunas décadas atrás y que aportan a la historia un tono burlón, que también contribuye a caracterizar a los personajes.

Agustín Neifert/Especial para “La Nueva Provincia”

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