Próximo Estreno En Madrid De La Comedia ‘dios Mío, ¿pero Qué Nos Has Hecho?’

Estreno en España próximo miércoles, 18 de agosto

El pasado 12 de julio se celebró en los Cines Verdi de la calle de Bravo Murillo de Madrid la première de Dios mío, ¿pero qué nos has hecho?

El estreno en nuestro país tendrá lugar el próximo 18 de agosto.

El acto contó con la presencia del director de la película, Philippe de Chauveron, y de su protagonista, Christian Clavier, y fue presentado por Adolfo Blanco, de A Contracorriente Films.

Dios mío, ¿pero qué nos has hecho? es la tercera entrega de la serie de comedias francesas que, todas bajo la dirección de Chauveron, nos sorprendió hace ocho años con la divertida Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho? y tuvo continuidad en el 2018 con Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho… ahora?

El objetivo de Chauveron, también guionista de la serie junto a Guy Laurent, es hacer, a través del matrimonio Verneuil, una amable sátira de los modos y costumbres de la burguesía francesa, sátira en la que se abordan temas tan inquietantes como la inmigración, el choque de culturas y el conservadurismo en el país vecino.

Para ello, en la primera entrega de la serie, que tuvo un éxito enorme y estuvo nominada en nuestro país al Goya como mejor película extranjera en el 2014, Chauveron crea una galería de personajes variopintos que acabarán formando parte de la vida de Claude Verneuil y su esposa Marie (Christian Clavier y Chantal Lauby, espléndidos en sus respectivos papeles), por cuanto que se casarán con sus cuatro hijas.

Si recuerdan Dios mío, ¿pero qué nos has hecho?, sabrán que cada uno los yernos pertenecían a etnias y religiones distintas, lo que contrastaba con el catolicismo tradicionalista que profesa el matrimonio Verneuil. Esto propiciaba todo tipo de situaciones absurdas que, saldadas con humor, conformaban una agridulce caricatura social que en ningún momento daba tregua al espectador en una galopante montaña rusa, donde la risa estaba asegurada.

La película que hemos visto se enmarca en la encomiable cruzada que está llevando a cabo A Contracorriente Films para devolvernos la alegría postpandemia —que buena falta nos hace— a través de la comedia francesa, habitual en su catálogo.

Cierto es que la primera secuela que tuvo este feliz y prometedor comienzo —la ya mencionada Dios mío, ¿pero qué te hemos hecho… ahora?— no se vio correspondida por el público de igual forma, seguramente a consecuencia de que el nivel de la película era menor, al repetirse en ella las fórmulas y los chistes de la anterior con menos brillantez.

Por eso, Chauveron quería quitarse la espinita con este tercer film que viene a recuperar el espíritu desbordado e irónico del original. Para ello, era necesario esperar todo este tiempo, porque quería trabajar con el mismo equipo y, como podemos imaginar, no ha resultado fácil cuadrar agendas. Pero ha merecido la pena esta demora: desde luego, el objetivo se ha cumplido con creces. Encontramos a todo el casting en plena forma, apoyado por un equipo técnico que Chauveron conoce perfectamente —y eso se nota, y mucho, en el resultado final—.

Para esta ocasión, aprovechando el largo lapso que ha pasado por los actores, Chauveron propone la celebración de una fiesta sorpresa para las bodas de rubí —40 años de casados— del matrimonio Verneuil, de cuyos preparativos se encargan sus cuatro hijas. La idea no puede ser más peregrina, porque a las hijas no se les ocurre otra cosa que invitar a sus respectivos suegros a la casa paterna, convertida así en una suerte de punto de encuentro que parece más bien un astracanesco cónclave de las Naciones Unidas.

El éxito de público obtenido en Francia sitúa la cinta como una de las películas más vistas este año en el país vecino. Christian Clavier y Chantal Lauby repiten sus papeles con una entrega y una complicidad admirables, y son secundados eficazmente por un grupo tumultuoso de actores que, más que crear una comedia coral, confeccionan una alocada coreografía —cercana al slapstick— que le ha debido dar bastantes quebraderos de cabeza al realizador Philippe de Chauveron.

Como en las entregas anteriores, la película nos vuelve a ofrecer una imagen idílica de la campiña francesa, muy bien fotografiada por Christian Abomnes, imagen que contrasta irónicamente con la frenética acción del film.

Es por otra parte natural que Clavier y Lauby se encuentren como pez en el agua en esta producción, dado que los orígenes interpretativos de ambos vienen del café-teatro, en el caso del primero, y del medio televisivo, en el de la segunda, lo que les otorga esa singular capacidad para traspasar la pantalla y llegar al espectador. Una virtud que, afortunadamente, logran contagiar al resto del reparto.

El humorismo de Dios mío, ¿pero qué nos has hecho? recuerda, por momentos, a films memorables como Las tribulaciones de un chino en China, de Philippe de Broca, o La jaula de las locas, de Édouard Molinaro, e incluso al lenguaje gráfico de la bande dessinée. Evocaciones quizá no gratuitas, pues el propio Clavier participó, en 2009, en un montaje de la obra teatral de Jean Poiret, y encarnó también al sin par Astérix en la gran pantalla.

Hemos de decir, por último, que el ritmo de la película —muy bien marcado por la música de Matthieu Gonet, que nos recuerda las bandas sonoras del gran Vladimir Costa— es trepidante y se resuelve en una sucesión de gags y situaciones hilarantes que no desfallece en ningún momento y que deja en el público un buen sabor de boca.

Todo ello nos reafirma en la convicción de que el cine debe verse en las salas. Circunstancia que merece la pena reivindicar en un momento en el que, al hilo del desarrollo de los formatos digitales y la implantación de las plataformas televisivas, el espectador es más reacio a salir de casa. Comedias como esta vienen a demostrar algo que tendemos a olvidar con frecuencia: el hecho de que el cine es una especie de misa laica, que lleva aparejado su ritual, un ritual en el que la catarsis se produce en la interacción del espectador no solo con la gran pantalla sino también con el resto de la feligresía que llena la sala, en una especie de continuo diálogo multidireccional. Únicamente en dicha liturgia se entrega o emerge el misterio de este singular culto profano. Las carcajadas del patio de butacas, lejos de esas risas enlatadas a las que nos tiene acostumbrados la sitcom televisiva, son una buena prueba de ello, ya que, por espontáneas y francas, generan un clímax insustituible. ¡Y en la velada desde luego no faltaron!

¿Se imaginan ustedes una chispeante juerga en casa, en una improvisada “discoteca doméstica” donde uno baile a solas, por más que la calidad del sonido del equipo de música y las marcas de las bebidas ingeridas sean excelentes?

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